EL DIAMANTE | ESPLÉNDIDO

EL DIAMANTE
AMALIA PAUL

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Las aplicaciones horteras en toda clase de objetos ‘de lujo’ –incluidos móviles, pen drives y ordenadores– no restan ni valor ni belleza a estas piedras preciosas capaces de seducir, como ningún otro material, a una mujer.

Las grandes civilizaciones orientales fueron las primeras en conocer y apreciar esta gema. Hasta el siglo XVIII, la India era el único lugar de donde procedían los diamantes. Cuentan que, por el rescate de la princesa Rasheetah, el Jeque de Cachemira pagó al Sultán de Turquía con el “Ojo del ídolo” un diamante aplanado del tamaño de un huevo de gallina. El paradero de esta joya es hoy desconocido –al igual que el del Gran Mogol de 793 quilates–. Sí se conoce, en cambio, el de Koh-L-Noor, la piedra más antigua encontrada en la India, de 108,93 quilates, tallada en forma oval y que es parte de las joyas de la corona británica. Existen infinidad de historias en torno a los diamantes. Mucho podría escribirse del Regent, adquirido por el Duque de Orleans en 1717 al Primer Ministro británico William Pitt. Tras ser engastado en la corona de Luis XV, terminó en la empuñadura de la espada de Napoleón Bonaparte y hoy puede admirarse en el museo del Louvre. El diamante Cullinan, también conocido como la Estrella del Sur, está considerado el de mayor tamaño. Eduardo VII ordenó su talla en 1907. También legendario es el Tiffany, el diamante amarillo de 128,54 quilates con el que Audrey Hepburn promocionó ‘Desayuno con diamantes’.

En esas historias sobre diamantes se han inscrito también los nombres propios de los grandes maestros cortadores, como Joseph y Abraham Asscher, los encargados de tallar el Cullinan; Marcel Tolkowsky, el creador de brillante redondo o su sobrino nieto Gabi Tolkowsky, considerado el maestro cortador vivo de mayor prestigio. También el de una ciudad, Amberes, el puerto flamenco en el que se comercializan y tallan estas gemas desde el siglo XIV y que representa cerca del 60% del mercado mundial –con sus más de 1.500 firmas especializadas con sede en el famoso barrio del diamante–. Otro nombre clave es el del grupo sudafricano De Beers. Durante décadas y hasta finales de los 90, disfrutó de una posición monopolística con la que controlaba la mayor parte de la producción mundial, pero sigue siendo hoy uno de los grandes operadores del sector. Fue esta compañía la que encargó el famoso eslogan publicitario ‘A Diamond is Forever’ (un diamante es para siempre) que la agencia N.W. Ayer creó con el objetivo de aumentar las ventas de este preciado mineral durante la gran depresión.

En los últimos tiempos, la llamada moda del bling bling procedente de la cultura hip hop de los rapemos estilo gangsta es la responsable, con sus excesos de gusto dudoso, de rebajar el diamante a un simple elemento de ostentación. Pueden encontrarse todo tipo de objetos pretenciosos que ocultan con diamantes su incapacidad de alcanzar altos niveles de arte y maestría. Pero, como en el eslogan de N.W. Ayer el diamante es para siempre, y mantiene el protagonismo en formidables piezas de históricas casas de joyería como Piaget, Cartier, Chaumet, Harry Winston, Graff, Tiffany o Buccellati y son engastados en los modelos femeninos de las manufacturas relojeras de mayor prestigio como Patek Philippe, Vacheron Constantin o Breguet.