PETRUS | ESPLÉNDIDO

PETRUS
JOSEP BAETA. SOMMELIER

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El viaje por las sensaciones, no puede considerarse sin la parada obligatoria en Pomerol, y más concretamente en la complejidad y los aromas de los vinos de Petrus que tanto seduce a sus amantes.

Considerado hasta mediados del siglo XX poco más que campos de Libourne, ciudad portuaria vecina, es en la actualidad la morada de uno de los vinos más afamados, laureados y mejor puntuados del panorama vinícola actual. A diferencia de sus vecinos bordeleses, Pomerol no cuenta con clasificación alguna y son sus vinos los que hablan por si mismos. De este modo, de los escasos 12 kilómetros encajonados entre Libourne y Saint Emilion, surgen nombres tan ilustres como Petrus, Clinet, Trotanoy o Gazin.

En el paseo entre los viñedos, se llega –ya muy cerca del municipio de Saint Emilion– ante la verja de un aparentemente sencillo château, rodeado por sus escasas 11,4 hectáreas de vides de las poco menos de 800 con las que cuenta el conjunto de la denominación. Las viejas cepas de Petrus hunden sus raíces sobre una pequeña elevación de apenas 35 m de altitud, que se extiende hasta los viñedos de su ilustre vecino Cheval Blanc, con quien comparte el reinado de los vinos de la orilla derecha de la Gironda y la estructura arcillosa de su subsuelo. Pero no su composición. Mientras el claro dominador de Petrus es la carnosa Merlot, en Cheval Blanc el protagonismo de la Cabernet Franc.

La fama de Petrus tiene su fundamento en el esmerado cuidado de su viñedo, una labor que empieza con una esmerada poda anual que permita la perfecta exposición al sol de los racimos y un aclarado en verde con el objetivo de disminuir la carga de fruta y aumentar la concentración de aromas. La vendimia se lleva a cabo –siempre al atardecer para evitar que el rocío bordelés pueda diluir el preciado mosto– bajo la presencia de un helicóptero que extrae cualquier vestigio de humedad que pretenda empañar la calidad de las uvas. La recolección se lleva a cabo por un equipo de vendimiadores expertos que suele superar los 150 para que en tres puestas de sol los frutos se encuentren a buen recaudo en el interior de las tinas de cemento donde las levaduras finalizarán su delicada labor de convertir el mosto en néctar. Pasarán a barricas de roble francés, nuevas todos los años, que se ocuparán del afinado del caldo, que tras su evolución en botella saldrá al mercado para sorprender año tras año al catador que lo espera con ansia.

La historia de Petrus no es larga ni apasionante como llega a ser la de los châteaux que comparten con él la cima de la calidad mundial. Su pasado no es más que el reflejo del trabajo silencioso, de cosechas escasas y de producciones limitadas que –aunque ya fueron merecedoras de una medalla de oro en la exposición universal de París en 1878– no fue hasta el fin de la segunda guerra mundial cuando comenzó a trascender su fama, cuando coincidieron Madame Loubat, la propietaria hasta su muerte en 1961, y el negociante Jean-Pierre Moueix.

Sus poco más de 30.000 botellas anuales tienen en copa el comportamiento de un digno Merlot bendecido con todos los requisitos que dicha variedad precisa: amplio, sedoso, incluso voluptuoso con los amplios registros que pueden ofrecer, desde los frutillos rojos y bayas a los cacaos o a los aromas trufados, dependiendo su evolución con un gran abanico de matices que abarcan los anisados, balsámicos y especiados combinados con aromas de cuero con el paso del tiempo.